viernes, 21 de agosto de 2015

El poema insurrecto


El poema siempre desciende abstracto sobre la médula del brío,
sobre el clamor del verso inexistente, sobre la súplica del estro,
sobre las teclas del ordenador, sobre el coraje,
deslizándose con el tiempo hacia el recóndito vacío;
y, en la eventualidad de su germinación, se observan sepultados casi siempre
todo su ritmo, con todas sus verdades, bajo la yerma sustancia del abismo
donde casi como la nada se percibe.

Un poeta lejano sufre. Se ahoga en su carencia; y esa agonía de lo insulso,
impone su mensaje de eutanasia en la quimera del pasado,
en la ruina  del intento fallido. Y entonces el espíritu ya nada sabe de esplendores;
y nada más comprende. Se nutre de codicia atada a los residuos del talento,
y no logra sino arrear a todos los pájaros de su sueño,
agotarlos en su propia pobreza, donde lentos y cansados van de a uno muriendo.

No se crea la luz con simple voluntad, ni en el fiero combate con las duras palabras,
ni en la exclamación vigorosa de los adjetivos, ni en el asalto a lo sutil,
ni en la fascinación por la simbología, y menos todavía
en el extravagante grito de las metáforas.
El poema es un galope hacia el miedo de perder la cordura,
es un miedo que escucha lo que no ha dicho todavía,
es un miedo tembloroso que sigue y sigue hacia el fuego que espanta,
hacia la luz que el miedo difumina.