jueves, 20 de agosto de 2015

Cumpleaños



¿Saben una cosa?:
hoy es mi cumpleaños.
Cumplo cinco años.
Estoy algo herido:
soñando viví
la feliz velada
que nunca llegó.
Faltaron cornetas,
globos y matracas,
torta y chocolate.

En este momento
—ya pasa la tarde—,
voy hasta la esquina,
al viejo almacén.
Mientras me encamino,
bajo la tristeza
del gran tarumá,
voy zarandeando
el viejo bolsón
como torpe péndulo.

Me mandan comprar
leche, azúcar, pan.



La cita




Estoy esperándote desde hace casi media hora. La duda carcome mis uñas y me hace arrojar el cigarrillo recién encendido. Me sobran dos.


Borges




Exhuman los aljibes y palmeras,
muros y verjas de forjados hierros,
almacenes en lánguidas aceras,
arrabal de cuchillos y de perros.

En el albur, en el confín exacto
del silencio, iluminan primordiales
tus palabras de genio autodidacto,
la oscuridad de alturas abismales.

Discurres con la fiel melancolía
—paciente tigre de la azul sabana—
laberintos de cábalas y espejos.

Que cubran este canto de elegía
en el tablero azul, frente al mañana,
de tu ajedrez las sombras y reflejos.


El anciano en el salón de música


La conversación quedó cortada como por una filosa guadaña invisible; y las palabras, las últimas que se pronunciaron, heridas en la abierta garganta, salpicaron deletreadas el espacio para ir perdiéndose como un eco de estupor con el humo de los cigarrillos.
El sudoroso olor de los jóvenes en aquella tarde de tórrido verano, contribuían también, al acre olor que despedía el ambiente.

Las miradas quedaron paralizadas, los ojos derrotados como astros caídos de sus órbitas, las bocas semiabiertas, en el silencio agobiante que se produjo.

Hasta los Beatles parecieron titubear en aquel pasaje de “Lady Madonna”, cuando la silueta apareció entrecortada por la hoja de la puerta.
Frente a la intermitente fuerza del ventilador, la otra hoja fue abriéndose lentamente, desprendiendo un gemido cansado y sin final. Y se vieron los ojos del hombre aparecido, más azules que el cielo, más cansados que el de Cristo en el Gólgota. Era su apariencia la de un huracán vencido, agonizando detrás de las tormentas, que buscaba revertir la incoherencia del orden existencial.

El cuerpo de hombros caídos y de piernas dobladas sobre sus rodillas, soportaba estoico el viejo traje de hilo color marrón desteñido, que probablemente lo había utilizado por última vez veinte o treinta años atrás; y que hoy, luego de haberlo meditado mucho tiempo, de lo cual disponía en su monótona existencia; luego de haber madurado la idea durante meses, probablemente, decidió ponérselo. Y probablemente también, para expresar en aquel último lenguaje disponible, el deseo de reivindicación de su latir humano. No era un pedido demente que exigía el título de Napoleón, sino el grito del alma en el cuerpo destruido, el clamor del hombre enfermo, del hombre marginado en la senectud que, dolorosa e injustamente, era empujado hacia el abismo de la soledad y el abandono.

Nadie pudo soportar el estrujo de aquella presencia, de aquella cabeza canosa, de aquellas manos temblorosas y arrugadas, de aquel rostro enjuto y triste que expresaba décadas de sol y lluvias, de risas, llantos, odios y pasiones definitivamente idos. Ninguno tuvo el coraje de sostener la mirada. Todos bajaban los ojos hacia las frías baldosas, y el más sensible se cubría el rostro disimuladamente con los brazos.

Un cigarrillo iba quemándose entre los dedos inmóviles.

Terminó la música en el tocadiscos automático, y ello sumió a los hombres en un silencio insoportable. Se oía, tan sólo, el aullido lejano de un perro callejero. Se hacía difícil hasta respirar. Algunos detenían momentáneamente el ritmo de sus aspiraciones de aire, por temor a los resoplidos. A pesar del trabajo persistente del ventilador, los jóvenes sudaban copiosamente. Los sudores se deslizaban en los rostros, por las mejillas, y nadie se atrevía a secárselos.

Luego, cuando todo inducía a pensar que el ambiente iría a estallar en cualquier momento, se escuchó como un débil quejido, que parecía nacer de la entraña misma de la tierra. Entonces las miradas se alzaron, tal vez animadas en que todas la hicieran juntas. Vieron que unos inseguros dedos trataban de enjugar las lágrimas que se desprendieron del cielo. Las pupilas acuosas parecían mundos que sangraban transparentes. Fuera de toda duda, se advertía que aquellas retinas seguían imprimiendo las imágenes de aquellos muchachos vigorosos, con sus torsos desnudos, escuchando música; la guitarra descansando sobre un sofá; los vasos, el humo, los pósteres de grupos de rock famosos pegados en la pared, los libros en la pequeña biblioteca; es decir, la imagen del desparpajo de la juventud. Tal vez esos ojos veían ya, no ese momento, sino el suyo propio, el de sus veinte años, el de su propia juventud para siempre perdida.

Todo fue doloroso y patético.

Cuando uno de los jóvenes –el dueño de casa- se levantó y dijo: “-¿qué haces aquí, papá? Vamos, te llevo de regreso a tu cuarto”, los otros quedaron perturbados y paradójicamente aliviados por la visión de aquella figura humana destruida que se alejaba.
Uno de los presentes, el que siempre ensayaba pensamientos filosóficos, murmuró: “La vida es un relámpago en el tiempo”.