miércoles, 19 de agosto de 2015

El ex presidiario


En todo caso, prefiero volver a la cárcel antes que seguir con esta libertad encubierta. Me han devuelto, es cierto, la calle, las putas, y mi libre albedrío en cuanto a la posibilidad de volver a estafar. Pero nada me sirve: la calle es peor que los corredores del penal. Camino sobre su mugre todos los días en medio de desconocidos, en quienes no puedo depositar siquiera una anécdota; y si me cruzo, a veces, con alguien que, sí, me conoce, huye de mí a causa de mi estigma. O, como con un sidoso, se detiene a hablar conmigo tomando una desagradable distancia, incómoda distancia, porque, además de sensible para estas cosas, soy un poco sordo a causa de los sopapos policiales que recibí cuando estafé al pariente de uno de ellos sin saberlo. Con las putas no consigo cama por culpa de este círculo vicioso: dinero para ellas, estafa para el dinero, cárcel para la estafa. Con ocho entradas en menos de cinco años la cosa se me ha complicado; ni mis ex compinches me dan una oportunidad. Ya corrieron la voz endilgándome el apelativo ese de yeta. “Siempre cae”, dijo uno, alguna vez, con un tono alusivo a que podría tener alguna conexión con la corruptela policial; que podría estar estafando para la corona, y que, con mi venia, ellos me encierran para disimular. Por suerte, esa grave acusación no prendió, luego de la violenta paliza que le infligí al desgraciado, y que me costó dos semanas de aislamiento. Se me ha complicado de veras. Allá, adentro, la vida es mucho más llevadera. Todos me conocen, me dan mi lugar, en cierta forma me respetan, y hasta los guardias me tienen cierta consideración. Tengo más chance para encontrar recovecos donde conseguir dinero. Están los nuevos, los que sienten el temor de encontrarse súbitamente en la jungla desprotegidos, a merced de la jauría, los nuevos que dócilmente se entregan a las maquinaciones de los más antiguos, de los avezados vividores como yo. Están las visitas, las mías que, a pesar de ser esporádicas, siempre están; y están las visitas de los compañeros, las hermanas, las primas, las amigas de las amigas, que siempre están, que siempre traen cigarrillos, algún dinero para sobornar a los hambrientos guardias, y cuerpos ardientes para ofrecer en las visitas privadas. En fin, la gente de ese mundo reconoce mis cualidades. He escuchado a un condenado decir que me ve casi como un artista. Imagínense el elogio.

Así, pues, no sé qué hacer. Seguiré así una semana, quizás dos, a lo sumo; pero, luego, si la cosa sigue así, apelaré al recurso último que siempre me ha salvado: volver a estafar para volver a la cárcel para volver a luchar por esta libertad inútil.


La camisa colorada


Una vez, Tati, el más pequeño de nosotros, al observar a una persona que caminaba por el medio de la calle, a unas seis o siete cuadras de la bocacalle donde estábamos perdiendo el tiempo, exclamó:

—Allá viene Gaona —mientras levantaba el brazo para indicárnoslo.

—¿Por qué lo decís? —le espetó mi hermano.

—Porque trae la camisa colorada.

Nos reímos. Era cierto. Cuando se acercó un par de cuadras pudimos comprobar que se trataba de Gaona, y que Tati tenía unos ojos de lince. Y era cierto también que Gaona siempre vestía una camisa colorada. Con el tiempo pudimos comprobar que no era una sola camisa la que tenía, sino varias, pero todas eran coloradas. Exigía a su madre que le comprara sólo camisas de ese color; odiaba las camisas que no eran coloradas.

En los primeros tiempos, cuando pasaba frente a nuestra casa, no pudimos darnos cuenta de su anormal comportamiento, ya que, indefectiblemente, lo hacía acompañado de su madre y, el muy astuto, se ubicaba al otro lado de la luna materna, donde sólo podíamos divisar sus grandes zancadas, mientras se agarraba con fuerza del brazo de la corpulenta señora.

Justamente, el hecho de que caminara escondido detrás de la falda, impidió que nos percatáramos de que siempre vestía una camisa colorada, detalle que no se le escapó a Tati. Por eso nos reímos y quedamos admirados de la sagacidad de la observación de nuestro primo.

Ese día, Gaona, insólitamente, venía solo. Nos llamó poderosamente la atención, y nos dispusimos a esperarle, a verlo pasar, a estudiarle, a radiografiarle, a tratar de comprender (o constatar) la timidez que creíamos formaba parte de su personalidad, en contraste sorprendente, ahora, con el temerario arribo sin protección materna. Y queríamos ver, también, cómo sortearía pasar frente a nosotros, solo, cómo se las arreglaría para vencer lo que nosotros considerábamos su enorme timidez. La expectación fue creciendo a medida que Gaona se acercaba a nuestro grupo. Sus largos pasos, sin estirar del todo las piernas, se hacían más patentes y patéticos ante nuestros ojos.

—¿Por qué camina así? —dijo el siempre curioso Tati.

—Y seguro que tiene algún defecto, algún problema en la pierna —dije yo.

Los tres estábamos absortos en el caminar de Gaona. Veíamos cada detalle de los raros movimientos de sus articulaciones. Por momentos, el silencio parecía insoportable; entonces, alguno de nosotros hacía algún comentario sobre la camisa colorada que se acercaba con los pasos rígidos de un robot con el fin de eliminar la tensión.

Cuando estuvo a media cuadra de nosotros nos fue posible observar con cierta nitidez los rasgos de su cara.

—¡Miren, se ríe! —casi gritó, Tati, esta vez sin levantar los brazos (Gaona estaba ya muy cerca, y nos miraba, no dejaba de mirarnos, y sonreía con la persistencia de alguien que está muy feliz porque posee algún tesoro guardado).

—“El hombre que ríe” —dije yo, recordando la novela que los tres habíamos leído.

—Es cierto, ¿por qué se reirá el pelotudo?

—Y no deja de mirarnos. Vamos a decirle que no nos mire más, y si no nos hace caso, le garroteamos —era Tati. Su propuesta no nos disgustó. También, mi hermano y yo, empezábamos a sentir rabia contra el tipo. Enojo, porque no se sentía intimidado ante nuestra presencia, porque no tenía ni una pizca de miedo. Lo normal era que se cagara de miedo. Éramos tres, y le mirábamos fija y seriamente, desafiantes, como esperando algún pedido de permiso para usar nuestra calle, o que utilice su cobardía, que el desgraciado se arrugara en su timidez para pasar. Pero, no, nada de esto sucedía; el muy tarado se acercaba con la naturalidad de un animal que se siente fuerte y seguro y sin hambre. Nos acercaba su risa y su camisa colorada, sin complejo alguno, como si fuésemos pigmeos ante el paso de un elefante. Por supuesto que la indignación y el asombro se apoderaron de nosotros, y nuestra propia conciencia se reía también de nosotros, al sentirnos tiesos, inmóviles, sin entender qué mierda nos sucedía.

Por fin, Gaona, llegó a unos veinte metros, seguía caminando por el medio de la calle (de tanto en tanto tropezaba, levantando pequeñas nubes de polvo); nosotros nos encontrábamos en la vereda. Yo estaba sentado en el saliente de la ventana, Tati, en el cordón de la vereda, y mi hermano no quería sentarse, estaba recostado contra la pared de la casa.

—Miren, no deja de reírse —dijo, Tati, con voz casi inaudible. La verdad es que, además de intrigarnos, la risa nos desconcertaba, no sabíamos qué hacer. Sólo se nos ocurría mirarlo perplejos, extrañados, queriendo comprender esa maldita sonrisa.

Cuando estuvo ya, prácticamente frente a nosotros, su sonrisa pareció intensificarse. ¡Eso era el colmo! Y encima nos miraba más fijamente que antes. Sus ojos eran grandes y negros como los de una vaca, y su mirada también parecía la de una vaca: tenía una mezcla de mansedumbre, curiosidad, la posibilidad de un cierto peligro, la convicción de que no le haríamos daño.
Lo que yo pensé en aquel momento fue que, si se hubiera tratado de un chico con las mismas características físicas que Gaona, pero sin su sonrisa, hacía rato que nos hubiésemos burlado de él, riéndonos de buena gana de su ridícula forma de caminar y mover los brazos (como si estuviese en una marcha).

Luego sucedió el hecho que nos sacó de nuestras casillas. Gaona nos observaba, indistintamente, a cada uno en especial, y para cada uno de nosotros tenía una risa también especial, diferente. La risa más grotesca fue para Tati, y éste se puso rojo de furia. Se levantó, y se dirigió resuelto a enfrentarse con Gaona.

—Cuidado —le susurré yo—, puede estar armado, puede llevar alguna navaja.

Tati desaceleró, pero no dejó de avanzar. Gaona no se detuvo, seguía caminando con una parsimonia que exasperaba. Entonces se puso frente a él y lo agarró de la camisa.

—¿Por qué carajo te estás riendo de nosotros? —le dijo, esperando la más leve razón para descargarle un puñetazo en la cara. Tenía el puño de la mano derecha bien apretado.

—Nosotros —respondió Gaona como un eco. Y seguía riéndose.

—Dejá de reír, idiota —le amenazó Tati, mientras levantaba lentamente el puño cerrado.

—Idiota —respondió el eco. Y seguía riendo.

En el momento en que Tati, descontrolado por la insolencia, estuvo a punto de descargarle el golpe, yo me percaté de que el de la camisa colorada no estaba en sus cabales. Siempre fui el más tranquilo, el más controlado de los tres. Ésta habrá sido la razón por la cual pude ver la absoluta idiotez que sufría Gaona.

—No, no le pegues —le grité a Tati—. No te quiso decir eso. Él repite siempre las últimas palabras. Repitió lo que dijiste, nada más.

—nada más —dijo, a su vez, el eco.

—¿Ves? No está bien de la cabeza. Dejále.

—Dejále.

—Es cierto —dijo Tati, mientras le soltaba la camisa y daba unos pasos atrás—, está loco.

—Loco —dijo el eco.

Cuando Tati volvió junto a nosotros Gaona se alejaba ya, con sus zancadas de pinocho, su risa que se volteaba todo el tiempo y su camisa colorada.

Al comprobar que Gaona era tonto, nos relajamos, y nos reímos de la desmedida importancia que le habíamos dado al hecho. Le llamamos “El Tonto”, después de habernos cerciorado de su tara. Ya ninguno le dijimos Gaona, le cambiamos el nombre; su nombre completo pasó a ser: “El Tonto de la camisa colorada”.


Buen día presidiarios




¡Buen día, presidiarios!
Os habla el gran Perverso,
con la enorme misión
de insuflaros paciencia,
ánimo y perspectiva.

Abrid vuestras ventanas
y ved el alto muro
(el gran triste amarillo),
freno de toda dicha
y de toda mirada.

¡Vamos! ¡Vamos! ¡Arriba!
Erguíos, observad
más allá de los muros
el cielo, el sol, los pájaros,
la bella libertad.

Tú, marica, el último
de las dos mil ventanas:
ven acá, ven acá:
saluda a tus cochinos;
exígeles en público
que cumplan las promesas
dadas en el instante
de la gloria al señor
de los cielos eróticos;
que cumplan estos chanchos
la palabra de amarte,
de protegerte y todo.

Tú, ciego violador,
muéstrate penitente,
contrito y di “jamás
repetiré mi crimen”.
Ella sigue su vida,
abordando autobuses,
y observa las ochavas
con su temor a ti.
Saluda, da el ejemplo.
Levanta tu oración
y entona dulces salmos
con descaro real.

Drogadictos, ladrones,
verdugos de inocentes,
engendros desviados,
envidiosos, lascivos,
psicópatas del canto,
ruinas de la esperanza,
criminales de sueños,
cangrejos de la gloria,
crónicos mentirosos:
¡salid, salid, salid,
salid de vuestro encierro!

Abandonad por hoy
el presidio del yo.
¡Todos a sonreír,
todos a saludar!

La mañana es pura,
la vida aún es vuestra,
y vuestro el cielo, el sol
del hombre que está libre.




El señor que no se moría


Don Gregorio está sentado en su sillón de mimbre como todos los días. El jardín de su casa, como todo lo atado a él, se encuentra semiderruido. Muy cerca de la verja mira la calle, saluda a la gente que pasa, pudiendo, increíblemente, reconocer a cada uno de ellos.
—Hola, Antonio. ¿Cómo le trata su reuma?
—Adiós, doña Dolores. Sus hijas, ¿todas bien? Me alegro.
Don Gregorio ha perdido la cuenta de sus años (o se hace el astuto para despistar a las doncellas; para no asustarlas). Nadie sabe en qué año nació, ni siquiera sus hijos (como seis, perdidos en el tráfago de la existencia; el último que lo visitó se encontraba viudo, sin esperanzas de reincidir en el matrimonio). Así, pues, vive solo, y ni yo sé cómo hace para mantenerse, dónde guarda sus recursos (también se preguntan los rateros del barrio). Lo cierto es que todas las tardes, a la misma hora, y hasta la misma hora, se sienta en el jardín para mirar la calle y saludar a la gente. Esta costumbre se ha vuelto una estampa del barrio, un reloj como el Big Ben (“ya son las cuatro: don Gregorio ha salido al jardín”), y también se ha vuelto una espera; es decir, el juego de la espera. Todos los habitantes del lugar, sin excepción alguna, lentamente fueron metiéndose en el juego que algún aburrido habrá creado. Un juego de apuestas, como una quiniela de la muerte. Se trataba de acertar el día de la muerte de don Gregorio; es decir, se trataba de acertar si mañana don Gregorio saldría al jardín. En los primeros tiempos, la relación era de diez por uno; de cada diez, nueve apostaban por la continuidad de la vida de don Gregorio, y sólo uno predecía su muerte. Después, con el correr de los años, luego de pasar la década, los apostadores iban inclinando la balanza hacia la muerte; y, hoy por hoy, los papeles se han invertido: nueve de diez apuestan que mañana don Gregorio será cadáver. Y cada amanecer es una ansiedad tremenda la que envuelve al barrio; más de uno deja de asistir a su trabajo, ante la premonición de que ése será el gran día. Las apuestas se multiplicaban en proporción geométrica, grandes sumas estaban en juego, en metálico y en bienes (algunos tenían en juego sus casas). Y don Gregorio seguía. A pesar de que sus piernas empezaron a fallarle y, utilizando un improvisado bastón de rama de guayabo, salía a duras penas a cumplir con su rito, no se rendía. Parecía adivinar y formar parte del juego. Parecía un pequeño dios que se divertía con la ansiedad de la gente. Parecía decir: “me moriré cuando yo quiera, carajo”. Incluso, un día, dio la sensación de haber hecho una broma macabra, pues no salió al jardín de puro antojo. Por suerte, alguien pidió que se compruebe el deceso, antes de efectuar el pago de su apuesta. Y para alivio de algunos y consternación de muchos, al otro día, don Gregorio, reapareció vivito y coleando.
La historia parecía no tener fin, hasta que corrió la voz por el barrio de que un joven desesperado, con destino criminal, por lo visto, había decidido asesinar a don Gregorio para ganarse la apuesta. La mayoría de los jugadores protestaron; algunos quisieron recular en sus apuestas, porque decían que eso era trampa. Pero otros decían que el juego no tenía reglas, que la mano divina o de quien sea puede hacer que el juego termine; al fin de cuentas, que se joda el asesino, ya que se irá a pudrir en la cárcel. Y empezó el problema de la muerte anunciada; que será mañana, no, la otra semana, el lunes, porque el lunes es día de hastío, no, el sábado, para cobrar y farrear a lo grande. Y don Gregorio no se moría; seguía saliendo todas las tardes a saludar.
—Buenas tardes, don Hermenegildo. ¿Todo bien? ¿Sí?... Yo, bien, amigo. Me voy de cuerpo como un bebé.. Meo bien… Mi azúcar, menos de cien… Mi corazón funciona como un motor eléctrico.
—¡Eh! ¿Qué tal, compadre?... ¿Ah, sí?... Entonces, ¿se fue nomás la comadre?... Mis pésames, ¡cuánto lo siento!... Sí, era una mujer inigualable.
Así pasaba el tiempo, hasta que un día sucedió la primera desgracia: dos apostadores se liaron en una discusión que terminó en la muerte de uno de ellos; y este hecho encendió la mecha, y dividió al barrio en dos bandos que se odiaron a muerte: los que apostaban por la muerte al otro día, contra los otros. Rápidamente se desencadenó una guerra terrible, donde incontables murieron, menos don Gregorio (que ahora era resguardado por una legión armada).
Pasó mucho más tiempo, y don Gregorio ya no podía manejarse solo; tuvo que dejarse llevar al jardín todos los días por las personas que lo querían inmortal. Con la ayuda de hombres que se turnaban con celo sagrado, era transportado al jardín todas las tardes. Personas que morían y eran reemplazados por sus hijos, para ejercer la misma gran responsabilidad. No sé, ciento veinte, ciento treinta años, ¿quién podría saber cuántos años tenía el bueno de don Gregorio? La gente hacía cálculos, se preguntaban unos a otros:
—Pero, ¿cuánto ha vivido el hombre más longevo del mundo?
—Yo leí en un libro que en Rusia existió un hombre que vivió 132 años.
—Bueno, pero, ¿cuánto puede vivir un hombre? Alguna vez tiene que morir, carajo, porque nadie nunca ha escapado de la muerte.
—¿Y qué sabemos nosotros? ¿Quién sabe cuánto puede vivir un hombre? ¿Y si es cierta la historia de Matusalén? ¿Quién nos asegura que don Gregorio no vea morir a nuestro tataranieto?
Los apostadores de la muerte se miraban con gestos preocupados.


La última vez que visité el barrio (yo también soy un apostador del día siguiente), don Gregorio seguía saliendo al jardín todas las tardes; y yo, que era joven cuando empecé esta crónica, me estoy volviendo muy viejo, las canas poblaron mi cabeza hace tiempo, el achaque casi no me permite escribir; acostado desde hace semanas, no sé si mañana volveré a abrir los ojos para continuar esta historia (estoy pensando seriamente en nombrar un sucesor de este relato). Cada día me siento más débil, más enfermo, y don Gregorio sigue saliendo al jardín todos los días, sin ninguna gana de morirse todavía.


La mano comprensiva de Dios


Era una casa donde Dios acordó el escarmiento.

Abrazada en la sombra por la vieja miseria, escudriñaba con abatimiento el portal de su casa, donde, infaliblemente, el sátiro, saturado de vino y erotismo, haría su jocunda entrada, dominado por los deseos de irrefrenable voluptuosidad.

Cansada y magullada por los domésticos deberes de su rutinaria existencia, debía, además, doblegar su propia voluntad de rendirse al descanso meritorio, para entregarse dócilmente a las interminables embestidas del bruto semental (le había dado ya ocho hijos).

Humilde y pulcra, recibía, noche tras noche, los embates lascivos de la fiera. Callado el corazón, sufría, huérfano del mínimo afecto, de la ternura humana, y poco a poco fue endureciéndose como un fósil en la roca; y el amor que hasta ayer la tenía expectante detrás de las ventanas entornadas, fue agonizando débilmente como la esperanza de verlo abstemio.

Y colmada la paciencia, las noches se volvieron interminables como el mal.

Cuando, ¡al fin!, deseó fervientemente liberarse de ese crónico vínculo de sumisión, la nerviosa idea del crimen empezó a danzar seductoramente en su mente; negras fantasías la hacían sonreír: un cuervo solía comerse las tripas del maldito abusador. No pasó mucho tiempo para tomar la decisión fatal.

Cuando llegó la noche marcada, repasando el plan del crimen, del cual ella ya no renunciaría, luego de hacer dormir a los hijos, de apagar las luces y de sentarse en la oscuridad, con un cuchillo de cocina en la mano, se dispuso a esperarlo. Sólo recuerdos de humillación se agolpaban en su mente. Pasada la hora habitual, el lúbrico animal no aparecía. El tiempo se empapó de eternidad y, ya en el alba, la locura no cometida (pues dejaría abandonados a sus hijos) paralizó de alivio su asfixiado y temeroso corazón. “Es un mensaje de Dios”, pensó, santiguándose.

Al otro día, muy temprano, a través de una patrullera que llegó con sus luces de colores y llamó la atención de los vecinos, recibió la nefasta/dichosa noticia: en esa madrugada, su marido había muerto arrollado por un camión en una carretera despoblada, muy cerca de la casa.

-El alcohol dominaba sobre el olor de la sangre-, le dijo un policía.


Ella me quiere


Ella coge el sándwich en la nevera
y se roba a sí misma para ofrendármelo.

Se ocupa de comprarme calcetines,
cortarme las uñas,
indagar mi apariencia:
el largor de mi pelo,
y hace conjeturas
sobre mi yo circunstancial.

Ella me quiere –lo proclama-.
Con sonrisa franca me quiere,
con embarazo, tal, que busca distraerse
en cualquier detalle,
y amonestarme con falso enojo,
cuando la miro cautivado.

Y yo también la quiero,
tanto la quiero que no podría vivir sin ella,
tanto la quiero que quisiera
que viva más que yo,
tanto la quiero que quisiera
morir primero.