sábado, 15 de agosto de 2015

Mi flor perenne


Mi bella flor de adversas estaciones
y del jardín de la sombría aurora,
cuando la duda del futuro aflora
y no advierte mi espíritu sus dones.

Tu esencia se derrama a borbotones
mientras su eternidad el alma añora,
y tu fuego de musa seductora
reaviva las agónicas canciones.

Eres siempre la íntima conciencia
de sentir que la antigua convivencia
sólo perdura en el afán sincero.

Y eres el sol con ímpetu que alumbra
mi constante caer en la penumbra
de esa forma de muerte donde muero.



Anhelo de niña


Triste el llanto, sin alivio,
de la niña, me anegaba.

Impulso de tu voluntad


Horadando negruras sempiternas
con devotas plegarias, tal lo hacías
en los tenues crepúsculos del hombre,
sigues urdiendo el tono iluminado
que devele a tus ojos expectantes
el oscuro universo de los dioses
que sabes fue y será por siempre tuyo.

Encuentras en tu búsqueda incesante
recuerdos atascados y perdidos,
imágenes huidizas y penumbras,
historias encubiertas y lejanas,
sueños de la memoria desmayados,
ardores y ansiedades primitivos,
cargas que inmovilizan aplastantes,
culpas, pesos atroces de conciencia,
torturas espantosas y alaridos,
antigua, milenaria voluntad
deshecha por el paso de los tiempos.

Diriges tu cruzada hacia el abismo
de inmemoriales civilizaciones,
rebasando la historia y la prehistoria:
edades desoladas de la tierra,
en búsqueda perenne e instintiva.

Porfiado peregrino trashumante,
caminas suelos áridos, sin árboles,
sobre piedras de grandes cataclismos,
sangrando en fieras lides bajo el sol
y en noches de pasión bajo la luna.

Vas, a vuelo de pájaro, y observas
el paraíso helénico:
su misteriosa y cruel mitología,
las arenas romanas:
sus fieros y cuantiosos homicidios,
la eternidad egipcia:
sus inmortales momias en pirámides,
el fatalismo hebreo:
cuna del cristianismo desalmado,
las tribus ancestrales:
su velluda y hambrienta desnudez.

Sin aspas, cayendo en la oscuridad,
más allá de barbaries y pavores,
más allá de las lluvias torrenciales,
más allá del inicio de la vida,
más allá...

La voluntad, timón de la conciencia,
el vínculo de voces primordiales
que en la memoria pétreas se anidan,
clamores silenciosos del instinto,
obedeciendo impulsos insondables,
disconforme, rebelde y tormentosa,
sigue, sigue buscando comprender
el rostro de la luz que para siempre
disipe las tinieblas, y ese susto
de morir día a día en las profundas
marañas del espíritu, sin paz.