viernes, 14 de agosto de 2015

Advertencia


Si alguien llegase a perturbar su paz,
su oscura energía, su sueño copioso de sangre,
pretendiendo beber la sigilosa
quietud de su descanso.

Si algún ingenuo profanase
el rico panteón de su silencio,
su tumba de oropeles, su antiguo sepulcro,
su cuerpo de mármol eternizado.

Se atenga a la sádica herida
que el vampiro avisado
infligirá con sus colmillos dulces
al delicado cuello de su temeridad.

Se disponga a penar con él
eternamente, con la marca de su tristeza,
con su queja húmeda y delicada,
en su insaciable sed.



La tormenta


La tarde campestre estaba en su esplendoroso apogeo cuando, repentinamente, la oscuridad se abatió sobre la tierra. Unas densas nubes cargadas de humedad se aproximaron imparables en el paraje. La visión del paisaje se hizo casi nula e, inesperadamente, un fortísimo viento llegó desde el norte. El tórrido calor del verano fue rápidamente vencido, y un agradable aunque incómodo frescor invadió el aire.

Luego, todo fue violencia y caos. La fuerza de la naturaleza en su desquiciada manifestación.
El enorme árbol que cayó muy próximo al rancho, hizo sobresaltar a sus habitantes. Los esposos, inquietos y temerosos, llevaron a sus hijos, quienes lloriqueaban de terror, a la pieza donde dormían ellos, y en la cama matrimonial se apretujaron todos para cubrirse unos a otros, esperando, de esa forma, sobrellevar el pavor que ya empezaba a dominarlos. Afuera el viento huracanado seguía golpeando con furia, arrastrando todo cuanto a su paso encontraba. Hizo volar el techo del gallinero, y varias gallinas desprevenidas salieron volando hacia quien sabe qué lugares lejanos de donde, lo más probable es que, si saliesen con vida, no pudiesen regresar jamás. Los truenos retumbaban estruendosos, imparables uno tras otro, como en una bóveda que no permitía escapar el sonido, detenido ahí en el aire, sumiendo en desesperación a los habitantes del rancho, quienes padecían a merced de esa descomunal fuerza. Cayeron granizos gigantescos que perforaron en dos o tres partes el techo de paja de la pieza, mientras blanqueaban como la nieve la vastedad de la pradera. La luz de los relámpagos, como gigantescos reflectores intermitentes, a cada tanto, alumbraban el lugar, mostrando el doblegarse de la flora hasta el suelo y unas vacas tiradas a lo lejos en pleno campo traviesa.
La madre empezó a rezar e hizo señas a sus hijos para que la emularan. Al rato, con el padre incluido, empezaron a elevar sus ruegos al cielo, esperando la conmiseración y el fin de ese infierno de tempestad, de ira que creían sobrenatural.

La voluntad del hombre, impotente, se resignaba a una tensa espera. Humildes, humillados en su condición de reyes de la creación, perdidos en su ignorancia supersticiosa, siguieron, así, apretujados unos contra otros, esperando con verdadero espanto el fin de aquella incomprensible cólera.



El silencio del grillo


Exánime el grillo,
se calla en la noche.
¡Qué ruda monodia!
¡Qué amargo derroche!

Sin alas, sin nubes,
sin estro, nervioso,
dejando en el aire
su entonar penoso.

¡Qué inútil intento!
¡Qué triste afonía!
No logra siquiera
una melodía.

El grillo, agotado,
calla en el jardín,
sin sueños, sin música,
sin numen, ¡por fin!



Mi gato nocturno


Los sigilosos gatos cometen la osadía de tajar la noche y ésta, como una catapulta, arroja su vacío mancillado sobre nuestro desorbitado insomnio. Como lascivos duendes, emprenden el trajín hasta el brocal del alba, y sus desmelenadas testas se tuercen en atroces llamados a la luna, rozando los tejados, las cornisas, en saltos de acrobacia pasional, mientras siguen las horas clavando en la memoria las garras incitantes.

Se inventa, entonces, mi fiel gato, su fogosa gata, y sale a retener el aire enrarecido de la medianoche. Su peso de conciencia cargada ya de ardores lo estimula y lo lleva a buscar ese apareo heroico y suplicante, aquella agitación de la torpeza, la mirada amarilla del deseo, la angustia de la carne lacerada, el placer de sentir la vida como una herida abierta, como una causa que bien vale el grito eternizado del instinto.

Cuando amanece es un gato exánime, adormilado e indolente que sólo ansía prolongar el sueño, el roce de la sábana y el cálido contacto de mis pies, ronroneando con dulzura como si nada hubiese acontecido.


El paseo


Al invitarla a nuestro prometido paseo, como una ciega mi brazo atenazó —sus despliegues me hacían sonreír—. Me alegraba que nuestro amor hiciera de la tarde y las nubes sublime beatitud. ¡Cómo admiraba yo las golondrinas que estallaban de sus ojos!

Ondulante en la luz del latente crepúsculo, descifraba al manto de la brisa sinónimos de suaves remolinos del diálogo, mientras mirábamos el sol cayéndose como si el mundo fuese a acabarse esa noche —¡qué profusión de cielos y qué conjura de eternidad!
La tarde olía a vírgenes praderas, a senos palpitantes, desbocados suspiros, a viejas esperanzas de victorias, a hábito y hallazgo, la tarde olía a que siempre me amó.
Complacido sentía a mi alma girar, dejándola en su órbita con emoción verter sus mil anécdotas, mientras la luna iba niquelando, como a mi espíritu, su risa, y la tarde, apagando sus temblores.

Entonces, ay, de su volar sabueso, el pájaro de eternas alas descendió para advertir triunfante: "la vida te dará, no siempre, la gloria de tenerla", en tanto iba —infame predador de los momentos— nutriéndose de la serena dicha que emanábamos.



Amistad fugaz


Mi recuerdo se pierde en la hojarasca del camino, aunque a cada tanto, detalles de aquella noche inolvidable, irrumpen, como deuda antigua, para impedir la prescripción. Algunos ecos regresan amplificados por la añoranza.

Una inesperada y copiosa lluvia sigue oliendo a pasto de calle y ozono.
El autobús se ha perdido en la esquina del tiempo pero no el áspero sonido de su claxon.
Cual diosa generosa, la luna sigue derrochando su claridad eléctrica.
Los árboles gotean sus murmullos de vida natural.

Gracias al convite de una vieja amiga, esa noche fue un descanso en el tráfago de la vida. A poco de ser presentados, congeniamos y disfrutamos la mera existencia y la amistad. Casi no recuerdo su rostro, pero sí su risa sonora y franca. Y su nombre. Se llamaba Benjamín.

Aquella fue la única visita. Pasaron más de treinta años. Las imágenes del recuerdo repiten sus idénticas escenas con variaciones casi imperceptibles.

Siempre me mira con la misma edad. Todos hemos envejecido, pero mi amigo Benjamín persiste sentado en su cómoda poltrona, vital, dicharachero, sonriente, soñador, en su reino de etérea inmortalidad en mi memoria.



La gruta


En aquella remota tarde, tras harto tiempo de vivir en las grutas y cerca de los ríos, mi curiosidad despertada por la vastedad de la tierra y la urgencia de dioses, me incitaron a errar por la región, acudir al llamado de las infinitas llanuras, de las montañas imponentes, de los follajes secretos y oscuros donde viven las bestias solitarias. Una melodía de los vientos persiste en mis oídos. Me guiaba.
El invierno había caído súbitamente sobre quienes no aprendimos aún las leyes cíclicas de las estaciones. El frío traspasaba mi áspera piel y el ya escaso vello de mi cuerpo. Coincidentemente, el hambre empezaba a inquietarme, a impedir el ocio. La búsqueda se volvió, entonces, doble necesidad de búsqueda.
La tarde tenía un color plomizo, el ámbito pareció eternizarse entre los árboles, sobre las ramas secas, como si el invierno hubiera llegado para siempre y nunca más lograsen regresar los pájaros.
Con mi torva figura caminé leguas de sombrías soledades, de bosques vírgenes, perdido de cualquier depredador. Mi corazón palpitaba con las ramas quietas. Me movía entre los árboles enormes, ajeno a la obsesión de un rumbo, de un itinerario, a una nítida idea de mi búsqueda. Como la lava en la ladera, sólo sentía el impulso de seguir.
De pronto, frente a la barrera de una montaña azul, donde la tempestad dormitaba con sus rayos, oí un coro de extraña disonancia, como si familiares seres estuvieran pugnando en cofradía.
Me agazapé, aceché y agucé los oídos. No alcanzaba a descifrar las voces que me llegaban. Me acerqué cauteloso y creció el vocerío. Empecé a distinguir: carcajadas divinas, quejas humanas, gritos demenciales, llantos, alegrías: extraño aquelarre de sonidos. Observé temeroso detrás de los arbustos y mis ojos se sorprendieron de ver tal espectáculo: tendidos en un grisáceo escampado, frente a una enorme gruta abierta en la montaña azul, se solazaban los espectros de mi espíritu, los duendes de mis sueños, los monstruos de mis pesadillas. Algunos de rara belleza, otros horribles y multiformes, parecían retozar en la intemperie, entregados a disfrutar del tibio sol del crepúsculo.
El espanto me nubló la débil conciencia. Sufrí en un éter de memoria exhumada. Mis instintos se enardecieron. Mi bestialidad afloró. No entendía si había llegado a los infiernos. Levanté mi torpe estatura, enceguecido por la posibilidad de la estampida, desconfiando de los extraños rostros que me miraban, y me dirigí agresivo y feroz hacia ellos. Habitantes de la gruta, las ignotas criaturas habían salido, burlando el cautiverio, para encender el caos de mi condición humana. Sabían que sentía frío y que el hambre retorcía mis tripas. Sabían que por siglos de los siglos seguiré encadenado a las necesidades naturales. Sabían de mi condición mortal y me lanzaban sus mofas inmortales.
Miré el interior de la gruta; y a pesar de la tentación del abrigo y de las delicias eternas que en ella entrevía, agradecí el miedo a su oscuridad misteriosa, a la turbación que me hizo consciente del peligro. Entonces, los rodeé con gritos tronantes, con gruñidos bestiales —uh, uh, uh— con las cruces de mis brazos, arreándolos nuevamente hacia la gruta. Aunque rebeldes, ellos obedecieron. A empellones sometí a los últimos engendros de mi libre albedrío. ¡Vi sus imágenes danzar en la sombra! Cerré la entrada con grandes piedras, di por suspendida mi búsqueda, deseando encontrarme solo con mi cuerpo, con mi materia, y volví jadeante sobre mis pasos.

Hoy, cientos de milenios después, en la fría mañana de invierno, frente a una acogedora chimenea, luego de haber comido y dormido bien durante la jornada, no me atrevo aún a reemprender mi búsqueda, y menos a desalojar la entrada.