martes, 11 de agosto de 2015

La luna blanca




La luna blanca,
como tus manos en la noche tibia,
lentamente resbala sobre el cielo de mi insomnio.

Yo, pájaro, me quedo contemplando
desde mi rama descubierta,
sobre el silencio del jardín, sobre tus pétalos cerrados,
las luces de la dicha
que van fluyendo frente a mis lejanos ojos.

Cae su cabellera antigua
sobre mi pecho, sus látigos de luz sobre mi piel.

A cada instante se descubre más blanca,
como aquellas tus manos ardientes de deseo
cuando me demoraba entre tus brazos vegetales:
árbol suicida yo, bosque encendido tú.

La luna blanca me recuerda el mundo
cuando abrías la puerta
segundos antes del amanecer,
paisaje de común abismo
donde van a parar praderas y horizontes.

Era, entonces, la muerte, un canto sosegado
sobre la vida perdurable,
sobre tus labios, sobre mi boca hambrienta.

Y eran los tenues rayos de la luna blanca
benévolos puñales de futuro.



La rosa





Radiante está la rosa en una esquina,
como una reina en cuyo trono exhala
halo y fulgor en la apacible sala,
desbordante tersura femenina.

En el jarrón reluce matutina
con rojos pétalos la ardiente gala,
mientras la luz en gradación avala
la majestad de estética divina.

Arrogante en el tronco cercenado
ignora todavía el desconsuelo
de hallarse en los dominios de la muerte.

El sueño de vivir, cuando truncado,
aunque guarde su rojo terciopelo,
repite de la flor la misma suerte.


Del amar la existencia


Como muchos, yo amo la existencia;
es decir, la vida;
es decir, el enigma rebelde de la realidad,
el paisaje azul que surge en tu pupila,
nuestro amor que apantalla las nubes de mi hastío,
la sabia plenitud de mi locura
(aquella que no he podido mostrar al mundo aún),
la opacidad de los límites del aprendizaje,
el aprendizaje de la opacidad,
las preguntas del niño aturdido ante tanto misterio,
la canción de su cuna,
la lámpara que baja a las cavernas del espíritu
y sube muerta de susto
porque me he visto muerto
acariciado por la luz tenue de la lámpara,
la harina, el pan, a los que comen el pan, y a los que comen sin pan,
el asombro que nace en cada amanecer,
la risa involuntaria, espontánea
(que nace porque el recuerdo de otra risa tuvo su causa poderosa),
la cuerda que ahorca y nunca mata
(y ahorca y se desata, y nunca quiso ahorcar),
el intento donde sucumbe lo indócil.


Magdalena



Llegaste hasta mi vida, casualmente, con el humo de tu boca,
con una gran sonrisa en tus alas vacías
y muchas ganas de firmar algún pacto secreto.
Sé que arribaste de las calles con ventanas de espesos cortinados,
donde te llovían manzanas del árbol de la vida eterna.
Sé que dejaste en un tendal de anónimos teléfonos tu número,
que hoy insisten en besarte y manosearte.
Sé que eres testigo de delitos inconfesables.

Siempre estuve intranquilo por los perros que te han mordido
y porque nunca quise imaginarte entre gritos ordinarios,
pero no pude tampoco dejar de mirar tus contornos
cuando caminabas a mi lado con tu vasto futuro.
No pude dejar de soñar que cambiarías de vida
cuando te observaba alejarte en tu apretado bluyín.

A pesar de que hoy quisiera verte lejos como a una estrella,
saberte muerta en algún tugurio de drogas,
en mi memoria, a cada tanto, fluye el color blanco intenso
de tu piel enteramente sin ropas, en tu mano un vodka,
en tu emoción toda la historia de las sábanas arrugadas;
y, entonces, a cada tanto,
cuando me encuentro muy solo dentro de mi soledad,
mi único deseo es volver a estar furtivamente contigo.