domingo, 13 de diciembre de 2015

La lucha de no ser nadie




¿Qué haces en la casa todo el tiempo, guitarreando,
acostado, parado, leyendo, escribiendo,
yéndote al baño, a la cocina, sin remorderte
el futuro ni el pasado, inmune a la melancolía,
cruzando de un mundo a otro, del abismo al cielo,
de la probidad a la infamia,
del entusiasmo a la carencia de propósitos?

¿Qué tienes en tus sueños, qué le ha pasado a tu nostalgia,
qué aventuras emocionantes has olvidado,
de dónde has obtenido esta casualidad de la poesía
que pretende forzarte a comprender tu nombre,
a representar todos las facciones de tus máscaras?

Yo sé que estás desierto y abatido,
que descubres antiguas alegrías debajo de tus expresiones,
alegrías ajenas a tu espejo,
alegrías que se llevaron todo lo que eras,
y hoy ejercen una pesada impavidez,
una costumbre que prende, mañanas tras mañanas,
la cocina a gas para el mate con la hierba estomacal,
apaga el aire acondicionado y el ventilador,
y abre las ventanas para los rayos del sol sobre tu cama.

Y luego a girar por la casa, a dar vueltas y vueltas por el patio,
a existir solo de una vez por todas, callado en las palabras,
siguiendo la intuición: filosa idea que corta el sí mismo,
que a la costumbre y la entereza tiende trampas,
que anula la esperanza de encontrar el vocablo redimido,
la paciencia infinita de encontrar el danzante cuello del cisne,
ese cuerpo de sombra que asoma en la memoria,
y que intencionalmente recuerda la hora de la muerte.

Si fuese yo, me ahorraría la carga de seguir mintiendo;
y sin mucho pensarlo, sin cuestionar a qué juego jugamos,
trataría de no negar a ese alguien que es mejor que nadie.

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