martes, 15 de diciembre de 2015

Hombre de vertedero




En el sopor del caluroso siglo, por la colina plástica y vidriada,
traes tu corazón vacío bajo la cruz sin gólgota.
Vives ahí entre los deshechos, desde ayer y anteayer,
y no te irás mañana ni pasado: la basura, como al cuervo, te excita.

Ay, hurgador de cosas malolientes, desembozadamente
escudriñas con rápida mirada el objeto real de tu deseo:
restos de licores en frascos mal cerrados. Has aprendido
poco a poco el arte de escoger en un montón de restos.
¡Ah, traidor de traidores: acaso intentarás elucubrar poemas?

Los públicos empleos tienen sus burgueses, sus patrones.
Están los cuervos todo el tiempo triturando osamentas,
y las nubes arrojan lluvia sucia con hollines de incesantes motores.
Tú lo sabes, lo vives y convives con esos pensamientos. Sólo a veces
das la impresión de caminar sin mucho esfuerzo, como baqueano. 

Me dices: ven, acércate, afina tus oídos; te diré:
“es corta nuestra vida; nuestro destino es la muerte;
nuestra razón hondo misterio; quizá sea la nada,
o quizá sea el Dios benevolente que nos espera para aclarar
nuestra virtud pedestre, la voluntad de amar sobre la mugre.

"Charlará con nosotros uno a uno, desde el inicio de los tiempos
a la consumación. ¡Millones de entrevistas! Tú y yo,
sentados en el banco celestial, y una fila rodeando la manzana
de las ansiadas puertas, esperando su turno con lívida esperanza”.
Las personas normales no entienden la emoción del vertedero.

¡Ay, mi Dios (esta no es una expresión vacía, por seguir la costumbre),
muchas veces, agnóstico, deseo cantar sólo al amor de las mujeres;
y otras veces me urge la entonación de salmos. Y otras, como hoy,
una canción rebelde, casi endiablada, la luz de las tinieblas,
la fría majestad del matarife, del que comercia con la sangre negra.

No es tu aspecto de pobre espantapájaros, ni es tu barba hirsuta y grasienta,
ni el penetrante olor de tus axilas,  nada de esto es lo que incomoda.
Lo turbador de ti es que, teniendo alas, y el poderoso gen de las aves,
como las gallináceas no puedas ya volar. No puedas ya escapar
del corral sin alambres, del cerco del temor hacia el mercado.

No es tu aspecto de cadáver andante. Lo repugnante en ti,
soberano del reino de inmundicias, es tu vencida alma
y no tu cuerpo castigado. Tu estúpida conciencia reflexiona
con axiomas esclavos. Como baja serpiente,
adivinas tu condición rastrera, y enfilas escondido bajo piedras,
aceptando que el único mundo es ese mundo. Con un buen bastón.

¡Pobre del vertedero!, tus hermanos te arrojan la indigencia y dices:
“me clavaron el puñal pero el puñal no es de ellos.” Los amas, todavía.
Cristianamente crees que eres árbol del páramo, aloe del desierto.
Alguien compra las cosas, alguien las arroja, y tú la levantas, contemplando
como fruto de tu esfuerzo, como sudor de tu frente, como dádiva de Dios.

A lo lejos, al caminar hacia el nuevo recolector que llega,
una brisa de inmundicias aviva el acoso de las moscas. Te volteas,
sonríes, con un modesto trozo de felicidad, con el hábito de silbar,
una vida edificada sobre el pasado, sobre alguna ruina del pasado,
o sobre un corazón destrozado que ha perdido su niño y su hogar.
Vaya uno a saber los motivos reales de tu miserable masoquismo.



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