miércoles, 23 de diciembre de 2015

Perro muerto




En medio de la calle, sobre el asfalto, la animalidad del perro muerto se ha desparramado. Desagradable visión de la carne viva, de los huesos rotos, de los ojos mansos.

“¡Hermoso vacío el que te espera! Sin dioses ni demonios”.

El tráfico es inclemente, la imagen se corta incesante, nadie percibe la prisa de la muerte, pasan los minutos, nadie se fastidia, nadie se asquea ante tanto despliegue de aplastamiento, ante el apisonado sin pausas que va impregnando de piel, de carne machacada, de sangre endurecida, las ruedas, el asfalto.

Nadie mira el cielo.

Nada de cremación, nada de cenizas arrojadas al viento, nada de entierro en fosa alguna, nada de otro mundo, nada de ceremonias, nada de morir en la memoria en otro perro, nada de nada. Su tumba es el desperdigo de su estructura biológica en trozos sobre la siesta calcinada.

“Emprendes el viaje eterno en las gomas de los vehículos y en las suelas de mis zapatos”. Y sobre el asfalto reverberante parece titilar una especie de espíritu o de alma.

Se han visto muchos hombres morir de esta manera.




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