viernes, 11 de diciembre de 2015

El campesino




Pues bien, llévate mi cosecha,
acepto tus semillas para la siembra próxima,
acepto el interés, la usura de tus préstamos,
y allá en la capuera se encuentra mi hija
esperando una orden tuya para desnudarse;
préñala, por favor, a ver si el ADN me favorece
para perfeccionar la raza, blanquear los hijos
y cobrar con orgullo la injusticia.

Ay, ay, señor de las pulseras de platino,
cómo envidio tu vida de vinos y aceitunas,
tus autos de negocios con vidrios antibalas,
tu educada manera de torcerme las tripas.

Espero tus oscuras gafas pasadas de moda,
algún reloj barato, con radio y despertador,
tus zapatos gastados, cualquier regalo tecnológico
de las versiones en desuso, cualquier perfumería.
Déjame el dulce aroma de tu caño de escape,
pues me hace soñar con mujeres enfundadas
en pieles de las especies en extinción.

Apodérate de cuanto codicias, incluso de mi honor.
Pero, cuando te vayas, luego de sudar
en los surcos de la mandioca, ¿cómo haré
para afrontar la queja solitaria de mi azada?
¿Cómo podré mirar cuán triste crece en mi mente
la planta exuberante de la genuflexión?



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