lunes, 30 de noviembre de 2015

El poema del día




En medio del camino
se ve reverdecer la hierba de los prados distantes;
mi corazón se agita
porque llego al portal de la ciudad
(tantas cosas me han dicho de su locura adormecida,
de su eterna estridencia, sus muertes misteriosas,
sus noches húmedas, sus calles de nostalgia).

En la acera de un bar,
aplastando el periódico del día
sobre una mosca sin guitarra,
bebiendo a sorbos mi café sin voz...

Una hermosa mujer de entallado vestido,
con auras de arrogante eternidad,
me lleva a errar por su ardorosa alcoba,
disfrazado de lúbrico voyeur.

¡El amor vuelve,
el amor siempre vuelve!
Desde la edad de las cavernas llega su divino poder;
desde la oscura edad del medioevo
nos ofrece su místico deleite,
desde ayer y hasta hoy; desde mañana
y hasta el instante del postrero adiós,
el amor se desnuda, nos muestra su foco creador,
su pura adrenalina.

En la acera de un bar, la joven,
mientras pasa radiante sobre la otra acera,
emana de su paso femenino
la mágica emoción de la poesía.

Mi corazón se abrió
como pétalos a las mariposas,
urdí mi plan y engatusé a las musas.
Furiosos galanteos las minaron,
con mi fealdad extrema las plasmé,
y hoy se encuentran echadas a mis pies,
dispuestas a satisfacer mis más desordenadas fantasías.

En la acera de un bar pasa la vida. . .

Las palabras,
infinitos y uno más bello que otros vocablos,
las imágenes, los ensueños, las conclusiones, el asombro,
las urgentes e intactas fantasías,
todos los elementos del poema,
dóciles se acercan, como barcos dispuestos
con entusiasmo para la gran pesca.

Libra el viento su amor, su grito humano,
sus mástiles sobre las olas, su luna temblorosa
aprisionada en su vaivén eterno.
¡Y a la mar! ¡Y a la mar!
¡Henchidos de pasión, con pipas humeantes,
regresaremos con el pez más grande!

En la acera de un bar pasa la vida. . .

Desahuciado estoy porque la muerte
me ha clavado su estigma.
Se ha acercado bastante
y ello me impide abandonar mi isla.
Mi muerte tiburónica ha empezado
a acechar en las suaves aguas.

Me gustan las aceras de los bares
al aire libre de las frías tardes
(algún día me sentaré en París
a morir con aguacero).

Con mi café humeante todavía,
como un gitano echando cartas,
un soneto sin rimas compondré,
(tal vez cansado de la música sin piernas),
un soneto blanco, mi poema del día:

“En medio del camino reflexiono,
mientras se ve reverdecer la hierba
de los distantes prados. Se me agita
el viejo corazón malhumorado,
porque encontré en la vida tantas cosas
deseando engendrarse en poesía,
que a silencios reclaman existencia,
exigiendo los sueños del poeta,
la luz y la porfía, cual aurora
irrumpiendo cansada de la noche,
de espantos de demonios que la acosan.
Traspongo el gran portal de la ciudad,
me siento en un café sobre la acera,
mientras concluyo el verso de este día.”




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