sábado, 21 de noviembre de 2015

Él, el supremo


  
José Gaspar Rodríguez de Francia
Dictador Perpetuo de la República del Paraguay


Como sombra que surca el cielo,
y extiende la otra sombra
sobre el silencio de la gente,
barriada por barriada
cabalga el dictador sobre brioso corcel.

Sin detener sus ímpetus
ni en el sagrado acceso del patio episcopal,
vela el calmo baldío
de las calles oscuras de su reino,
atizando las llamas del poder
con el sonar de su lustroso látigo.

No permite recreos culturales
ni los nocturnos ocios,
ni lámparas que iluminen metáforas,
ni apetitos de anhelos juveniles,
ni arengas de profetas
que injurien su política de encierro,
ni los sabios agrícolas
que enseñen la siembra imperial.

En connivencia amable con la luna
va dejando relámpagos de miedo
sobre los tejados de la ciudad;
y persuade, al compás de los galopes,
de la urgencia del sueño
 y de la ciega sumisión.
¡Todos a madrugar! ¡Todos a laborar!
Que en mi muerte obtendrán grandeza y bienestar.

En la casa del duro soberano,
cuando la servidumbre duerme ya,
extinguida la llama del fogón,
en su cubil de pensamientos,
a la luz mortecina del candil,
se sacude la huraña voluntad
de la injuria y del mando;
e invocando a los duendes y demonios
al sagrado ritual de gratitud,
inicia en la penumbra
la danza del poder omnipotente,
mientras espera para compartir
cigarro y miel de caña.


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