jueves, 5 de noviembre de 2015

El dios de la crueldad




La eterna melodía ahúma
por la hondonada, por el prado,
majestuosa serpiente,
elástico sonido cuyo extremo nutre
el dios de la crueldad.

El pastor solitario, a horcajadas
sobre un enorme tronco,
cede a la vida circundante
vibraciones dichosas de su alma.

Pace el rebaño mansamente,
disfrutando de la abundante hierba,
embriagado, a su vez,
por la profunda melodía.

Y el lobo hambriento —en la acechanza, inmóvil—
percibe, en el sosiego de fatal embriaguez,
la eterna melodía que circunda
como razón de éxito y de éxtasis.

 

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