sábado, 7 de noviembre de 2015

El citadino




Antes de trasponer el viejo puente,
decido mi descanso en la ribera
del río de cristal, donde me acerco,
en la agradable calma de la siesta.

Despojado de ropas, la corriente
acoge con frescura mi discreta
soledad, y entre hierbas sedosas
un almuerzo exquisito me alimenta.

Un sopor a la sombra de un frondoso
árbol que sobre el agua se ladea,
y susurros que llenan mis oídos.

Luego, al caer la tarde, seguir la senda
hacia el claustro fatal de la ciudad,
libre del tedio, y la utopía fresca.


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