miércoles, 25 de noviembre de 2015

El barco de otra vida




Ha perdido el navío que presagia
los calmos esplendores de otros cielos:
los paisajes al sur de la rutina,
donde el hielo se vuelve duende recluido,
donde el silencio late en el dolor ausente
sobre la edad eterna de los pinos.

Hubiera visto, le dijeron,
saciados cóndores surcando las bahías,
lunas eternas
en el olvido de la muerte,
arcos iris borrando la nostalgia
en la diafanidad de los crepúsculos.

Y el amor hallaría,
si superaba la indigencia de sus ojos,
si aprendía a besar en el silencio
las aguas, los mares y su bandera.

El buque se ha marchado,
se pierde ya a lo lejos,
llevándose las horas
y todo su equipaje.

Con aire de condena el buque lo ha excluido.
Hastiado de orientarse con gafas de turista,
de andar desorbitado en la cubierta
sobre blancas poltronas
donde dormir el libro ante los ojos.

Así lo ha deseado. Así,
averiguar la tierra,
buscando los senderos de montañas,
para alcanzar sus cimas y su propio silencio,
para fundirse al aire, en las quimeras
del sol y de las águilas,
para vencer las tempestades
y así dormir más cerca de la luna.

Lo ha dejado. Tal vez regrese.
Tal vez cuando regrese
ya nadie busque repetir lo sucedido:
espera infructuosa, perdida eternidad.



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