miércoles, 7 de octubre de 2015

Oda a la poesía




Suaves brisas del sueño,
aromas de los ríos,
dulces soplos que escudan 
los temples oprimidos
por el soez acoso
de insectos agresivos.

Relámpagos que encienden
el oscuro infinito,
la búsqueda obstinada,
los cánticos divinos
la brecha de los cielos,
el inmortal destino,
las visiones rotundas
del humano latido
crecientes de promesa
ante sus hondos signos.

Ay, infames tormentos.
Ay, silencios y gritos,
difusa eternidad,
fugaces paroxismos
del alma que atesora
oscuros pasadizos.

Los versos son las armas,
las picas, los martillos,
el hierro artesanal
que agrieta los resquicios
de dioses y demonios,
aceite de los cirios
de últimos altares,
allí donde el camino
se allana al sentimiento
y al vocablo vencido.

Atizando la llama
eterna de los nimbos,
enciende cada noche
el dulce escalofrío,
y augura la derrota
sobre el caos antiguo.

Oh, arma poderosa
de metálico trino,
puñal que hiende venas
en pechos corrompidos
de cansados poetas,
y dejan peregrinos
los viejos corazones
que se hallaban cautivos.
Oh, arma silenciosa
de espíritu encendido.

Oh, fuerza adormecida,
crisol de lo vivido,
energía y aliento
de acordes vespertinos
que arrancan a la noche
sus misteriosos símbolos.

La luz de las estrellas,
los célebres vestigios,
la entonación del ave,
los dones narrativos,
la efímera belleza,
el métrico rocío,
nos llevan a las nubes
y expone con sus signos
la grata compañía,
el límpido cristal de los olimpos.


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