viernes, 9 de octubre de 2015

Negación de la musa




Duro en la noche ávida, el invierno
cae sobre los rústicos tejados,
y aunque los leños rujen crepitados
el alma sufre gélida su infierno.

Llamo a que traiga brasas encendidas
mi musa ardiente; y su inmortal estío,
escaldando mi espíritu vacío,
ilumine las celdas ateridas.

Dichosa de pasión y risa franca,
ella llega sutil y complaciente;
y ofrendándose, lúcida y turgente,
plácidos versos de mi brío arranca.

Más tarde, al requerir que del arcano
me deje del poema los acentos,
porque ella partirá sobre los vientos
para dejarme solo con mi mano,

esta sentencia con desdén me deja:
“es labor de los dioses y no mía
el sabio comprender la poesía”,
al compás de la cítara y se aleja.


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