martes, 6 de octubre de 2015

La incesante lejanía de los muertos amados



Mi padre ha muerto ya.
Mi madre, todavía no.
A pesar de sus quejas y de los achaques 
su salud es bastante buena.
Ella observa pasar los días desde su ventana
como si el tiempo fluyera muy lentamente.
Pero el domingo último, mientras charlábamos
en la sobremesa del comedor,
recordó a mi padre. Le reprochó con indulgencia
haberse descuidado en su salud y en la bebida.
Y me pareció como si el puente de tiempo
entre la muerte de mi padre y nuestra charla
se hubiera prolongado vertiginosamente.


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