domingo, 4 de octubre de 2015

Al volver la calma








Discurre el capitán — hábil marino
del noble bergantín en puerto anclado—:
en su deambular he consagrado
la expectativa de mi infiel destino.

Si la nave encallara, yo sería
de los muelles un triste vagabundo,
beodo, miserable e iracundo,
agonizando de  melancolía.

En un vuelco feliz de la fortuna
—compañera leal de antigua suerte—
temerosos huimos de la muerte
y hoy estamos sonriéndole a la luna.

Con fortaleza y daño reparable,
sorteamos la dura tempestad.
Nadie ha muerto —¡divina voluntad!—
en la jornada heroica, memorable.

Sin rumbo nuestra nave en férrea hora,
enfrentada a la noche, al mar airado
de furibundas olas, ha sumado
más gloria a la leyenda que atesora.

Gracias a la virtud, la indestructible
nobleza del navío y los azares
homéricos burlados, en los mares
hoy se acrece su fama de invencible.

Mientras me llega la salobre brisa,
ansío el mar, dispuesto en la cubierta,
pues el futuro del andar despierta
ensueños que mi espíritu divisa.

Al levantar el ancla y los adioses,
al proseguir la ruta del crepúsculo,
oramos por aquel terror mayúsculo,
¡jamás olvidaremos a los dioses!

Con terrible y diabólica experiencia
nos revelaron sus divinas leyes:
nunca en la creación seremos reyes;
y suplicamos, ante el fin, clemencia.


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