jueves, 1 de octubre de 2015

Adiós con arcángeles y demonios

                                                              al maestro, Ricard Monforte (+).

Son tejidos dolientes las horas del afecto,
inmortales esencias, pesadumbres del alma,
clamores del espíritu manando su dialecto
improntas de infinito, agobios de la calma.

Quisiera ver ahíta la urna del instante,
el caz de sus principios, matices de su ciencia,
las luces del vocablo, el verso desbordante,
eterno cofre de honra a su invicta indulgencia.

Devuélvenos, Cibeles, los parnasos perdidos,
los bosques, las llanuras, colinas del saber,
en soplos del crepúsculo, los errantes sonidos,
el eco de los pájaros rapsodas del ayer.

Reclamemos de Apolo olímpicas visiones,
las coplas animadas, la perenne canción;
arránquenos —no fluyan sufridas emociones—
el cuchillo sepulto del frágil corazón.

Cuán piadosas las musas emergen desoladas,
inextinguibles voces del sórdido jardín,
los lirios de las cúspides, sus trémulas espadas,
aromas constelados de un nocturno jazmín.

Retornen del destierro los debates profundos,
serenas empatías, horas de plenitud,
arcángeles gimientes y demonios jocundos,
unidos al adiós cantando gratitud.



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