martes, 15 de septiembre de 2015

Un mar de sangre es nuestro pecho




Conozcamos el reino sin edad,
soñemos en una intrincada singladura
de complejas cartas marinas,
con el hombre marino, con nosotros
en los caminos de ultramar,
donde humanos seremos todavía,  
y donde rijan en las noches
las señales retóricas del mundo.

El transitar se determina
con el soplo de nuestros días,
con las estrellas
de nuestros cuerpos encendidos
como brújulas,
como barcos piratas:
libre de la voluntad de los muelles.

De la aprehensión del mar,
de la verdad alegre de las olas,
genera el buque su acompasado rumbo
bajo la luna del recuerdo
y la dureza de su quilla,
a la única ventura de los años.

Al corazón no se le pide
que deje de latir
con los efluvios de la eternidad,
ni deje almacenado los susurros
de las antiguas islas.

No se le pide tregua ni quietud
ni pájaros dormidos,
sólo el desborde de su música de sangre.


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