domingo, 13 de septiembre de 2015

Navegando el río irrevocable




En un día cualquiera 
se puede navegar el río irrevocable,
y ahí estaba nadando, con su alma en la otra orilla,
un día insospechado, en cruz sobre el destino.
Yo me arrastré hasta el grito, hasta el cable homicida,
y pude ver su perro olisqueando el suéter
sobre la tierra húmeda de la lluvia de ayer.
Pude ver dioses afligidos. Era un día raro.
Y su rostro de fuga se me incrustó en el ojo
como un cuchillo de la gente fría,
del vecino que apático pisaba la existencia,
de la brisa sin gracia y sin tersura,
como si fuese cosa de los otros.

Y me precipité sobre su cuerpo
y lo cargamos con mi padre corriendo por la calle
y se me cerró la garganta de serpientes
y se me llenaron los ojos de blasfemias
y sin planes para el futuro
y a él nos abrazamos con mi padre
y quisimos apretujar la duda
y nos quitaron de las manos
y nos aislamos atontados con mi padre
mientras buscaban reanimar 
nuestro amado cadáver.


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