viernes, 11 de septiembre de 2015

Lacrimae rerum




                                         Virgilio: sunt lacrimae rerum et mentem mortalia tangunt.
                                                                                                        A mi hermano Tomás (+)


En tiesa despedida,
dime tu adiós, hermano,
vencidos y fatales
tus silenciosos brazos.

Viajero sin retorno,
sin lágrimas, sin tiempo,
con tus manos vacías en la suerte,
así como los pétalos
que mudos se abandonan
al insensible viento.

Tu cuerpo que penetra ya en la noche,
con tus ojos cerrándose al camino,
con tus manos inmóviles, cruzadas,
marmóreo y ausente,
privado ya de lunas y crisálidas
que fluyen de la vida,
privado de la risa a carcajadas,
privado ya del tacto y del contacto,
y con la lluvia dándote la espalda.

Dime el adiós, compinche,
y déjame el vacío de tus zapatos,
tu ausencia sin refugio,
el rostro que me mira en el destino.

Déjame recubrir tus ojos quietos
y lamentar tu vida con mi vida,
y déjame mirarte en el espejo
de nuestra compañía,
y déjame esperar que la esperanza
me pueble de celestes avenidas
que llegan hasta el parque
donde juega tu alma peregrina.

Dime el adiós y vete, niño dormido,
antes que la conciencia, su mágica elocuencia,
decida por las noches presentarse,
mucho antes que la tierra adormecida
eleve dolorida su fragancia.

Dime pronto el adiós,
hermano mío,
que las cosas empiezan a llorar,

¡y vete!



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