martes, 22 de septiembre de 2015

La lluvia en el frío de la tarde




En la memoria guardo el frío de la tarde,
junto a las tardes frías que duermen lejanas,
en este abismo del otoño,
cerca al aroma de la lluvia que promete su honda trasnochada.  

Miro el vacío.
No se ven pájaros cruzar la lluvia en la ventana.
Se han marchado a vivir la luz en las edades ígneas del recuerdo,
en otras lluvias de empaparse en ocio, en bulla y algazara.

Las leyes de estas horas castigan con olvidos,
con angustia y nada de esperanza,
con nubes negras y cadáveres de brisas,
con sus casas sin párpados y puertas sin gargantas,
con un dolor de látigos que llegan de los antiguos éxtasis,
con la pasión que odia su hojarasca.

Me voy hacia el espanto de un invernadero, hacia el metano,
llevándome las ropas del alambre, mis mujeres con máscaras
y los nombres que tuve.

Jamás volveré a casa.
Ellos cedieron mi lugar en la mesa a otro espectro,
ya no aman mi soledad ni mi palabra,
y admitieron callados la invasión de malezas al jardín.

Esta lluvia no para.


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