viernes, 25 de septiembre de 2015

En la tarde de invierno




En el invierno, el jadeante día
está siendo rendido por el silencio crudo del crepúsculo;
Y las quimeras, que sacuden mi espíritu noctámbulo,
 empiezan a poblar las latitudes del vagabundeo.

Llegan a su jardín con la ansiedad del aire,
como una luz de mi memoria en grietas,
buscando iluminar la esencia de las zinias congeladas,
languidecidas por el vértigo de alborotarse en el hastío.

Caen de hinojos en el aire fresco del rincón,
sobre la tierra húmeda donde padece la impotencia,
con la alegría del indicio, malogrando bajo sus alas
la infinita oquedad que besaba mi espíritu.

Con sus pétalos gélidos, su polen aterido,
busca el invierno en mí lo mío, y bajo su hospedaje
mi lírica desprende su perfume,
y empieza a propagarse en lo fecundo.

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