martes, 29 de septiembre de 2015

En la esfera de mi cráneo




Este lugar apesta.
Me da náusea su silencio de necrópolis.
Miserables pasiones deambulan sus mudos subterráneos
sin trasponer jamás sus límites, y algunas andan con bastón.

Este lugar no acepta vitales armonías,
sólo tristezas -nunca lágrimas-, sólo silla de ruedas para el canto.
El hastío penetra la cordura estallando contiguo a la locura,
y traspira en el poro de la lengua el vocablo balbuceante.
El bostezo se cuelga de viejas telarañas -musitar solitario-
donde sigue temblando en la memoria.

Este lugar es un hotel-hospicio, con graves pensamientos
explorando confusos pabellones (ya no hay niño en la mente).
Lánguidos versos surgen del abismo del claustro.
Pálidos peces de colores surcan el río de la obstinación.
Río sin mar de donde extraer las metáforas.

Este lugar es un hospicio sin asepsia,
se contrae la enfermedad de lluvias, el virus de las rosas,
y tres o cuatro risas se mueren cada noche.
Se muere de sospecha de afán de ser torrente inútil,
como asesino de su propia agua.

Hay fantasmas aquí,
fantasmas con olor a sangre sin latido,
fantasmas que te dicen: “sal a la noche y que te envuelva”,
fantasmas que llegaron de la vida desde rotos cadáveres
y poblarán mi angustia de ruiseñores muertos.


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