viernes, 18 de septiembre de 2015

El demonio de la guerra




I

Sonora carcajada se escucha en la planicie,
una vieja balada escupe Belcebú,
una niña sin piernas recoge una paloma,
un niño busca el móvil de matar y morir,
y monstruos microscópicos
se empiezan a nutrir.

Remontan espantadas las miedosas perdices,
en zigzag las serpientes se alejan de la orgía,
saltando los conejos escapan por doquier,
en el tardío cielo empalidece el sol,
y una llovizna ácida
empieza a descender.

II

Chorreándole en babas la lúbrica saliva,
esperando sediento la sonora masacre,
ni el oro de los incas ni el vino de los griegos
pueden suplir el fruto de la macabra idea.

Su roja cornamenta reluce con la pólvora,
sus miembros escaldados aman el hongo gris,
e inyecta en los espíritus de los recios soldados
la liturgia del rito más sublime del mundo.

Con fría irreverencia de ángel victorioso
azuza a la codicia —hace agua la boca—
para el voraz exceso, el pillaje sin fin.

Camina entre cadáveres recogiendo las almas,
y aplaude al ser humano, en nombre del infierno,
por su obra maestra de vasta destrucción.

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