martes, 15 de septiembre de 2015

El alquimista



                                                                                      A César Rubio Aracil


Quisiera, vate, recoger de ti
—paciente imán de las vocales rotas—
surcos de ahínco, reveladas gotas
sobre la viva flor volviendo en sí.

Con caireles de adónicos azules
vistes al ave de inmortal belleza,
embrujas con tus rimas y destreza
a las diosas de lámparas y tules.

Viérteme, vástago de Apolo, el brío,
ayúdame a escrutar los aires tersos,
defender la pureza de los versos
—velando musas del sinuoso río—.

Con los poemas lúdicos que labras
en incesante alquimia de palabras.


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