jueves, 17 de septiembre de 2015

Despertar




Amanece penosamente (blancos los árboles)
a las once de la mañana.
Al abrir la ventana, el cielo
cae sobre el reloj
y grita su inclemencia sobre el cuarto,
la casa, el jardín y mi rostro.

Sobreviviente mudo,
un pájaro que pasa
prueba la envergadura de sus alas.
Lo miro entre bostezos.

Me pregunto: ¿cómo fui así aplacado,
fantasma de mí mismo,
viviendo aquí entre muebles, libros y utopías,
mirándome incesante en el espejo
la copia de quimeras y más copia,
con mi ambición amedrentada,
y escudriñando la hora en que vendrán las ganas
de despertar mi cuerpo entero?

No es por nada, no tengo excusas.
Hace insomnios que muero en este mundo.


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