jueves, 24 de septiembre de 2015

Confesiones de un poeta penitente





Desde que intimo con los sueños
la poesía no consiste para mí más que en una forma de alegato,
y todo intento de embestir la eternidad es sólo una metáfora.

Hace ya mucho tiempo que escribo concertando las causas de mi pulso.
Mi memoria se ha hecho un nicho de razones desechadas
donde no existen las verdades que palpitan cuando caen mis ojos sobre ella.

Cuantiosas falsedades he enunciado a lo largo del verso
porque el mundo y los hombres me resultan espectros por detrás de la neblina,
porque creo espejismos donde adultero pócimas del alma,
porque he aprendido escasamente y mal, y mucho tiempo he inventado éxtasis
brindados por retóricas ficciones. En esto fundamento mi poesía.

Confío firmemente en mis sentidos. Aguzo los oídos a orillas de la noche
y creo percibir el tacto de la tierra, de las diosas que hechizan nuestro espíritu
con sus enamoradas fantasías, con sus falsos halagos.
No creo que alguien más haya soñado tantas máscaras de su rostro,
ni tantos mágicos poderes celestiales.

He creado fecundos dioses para acceder al reino del vacío
y no cansarme nunca de lo inaccesible.

Yo soy un poeta de ahora y de todos los siglos muertos.
Dentro de mí hallarán las lágrimas de todos los que han persistido
en conquistar este futuro donde hablo inmerso
en las razones hondas de la displicencia,
porque mi música parece el canto de fantasmas hastiados y epicúreos.

Me admito no muy pulcro en mis impulsos creativos.
Más de una vez he enturbiado mis aguas para hacerlas aparentar profundas.



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