jueves, 3 de septiembre de 2015

Ciudad de Asunción





Mi ciudad de Asunción

”!Asunción, la muy noble y muy ilustre,
La ciudad comunera de las Indias,
Madre de la segunda Buenos Aires
Y cuna de la libertad de América!”

 Del poema “Canto secular”, de Eloy Fariña Núñez


Hoy mi alma se repuebla de casas coloniales, cornisas molduradas, glorietas con balaustres, verjas forjadas sobre aljibes mudos donde sueñan antiguas las lluvias torrenciales.
Por ti, mi corazón recupera los lirios de la sangre, los tristes crisantemos de la infamia, repetidas endechas y aromas de alelíes al paso de tus muertos. Asombrado veo en tus anónimos héroes mi propio rostro, en esas guerras absurdas donde aprendimos la faena de la muerte. Que no empañe tu grandeza el dolor de este grito.

Siempre escondes tu llanto en los baúles, donde olorosos azahares se marchitan, los viejos patios de los caserones cubiertos con el manto de pretéritos jazmines y mariposas con sueños moribundos.
Siempre solitaria, descansas en tu gloria de madre aventurera, y el río y su bahía te surten del canto elemental para la reclamación de tus despojos. A veces te siento conformada en un letargo resignado y eterno. Hundida en la modorra de tu largo verano.

Vuelven, insisten las guitarras en los pórticos, bajan las aves a beber del cántaro materno. Vuelven las nubes de tu rostro, vuelven, como los hijos del amanecer, con sus designios misteriosos, surtiendo el despertar de la memoria.

Mi pena es inabarcable, recorre los suburbios, como si recorriera los senos de la tierra. Mi amor es ocio en las hamacas, cuna y mármol de infantes alegrías. Urdiendo estoy en ti mi propia melancolía. Vierto mi llanto seco, duro, llanto bronce, llanto de amor por tus cadenas, mi llanto río, tristeza de bahía y de terrazas nocturnas donde salen las novias a llorar sus desamores. En el jardín, donde evoco mis desilusiones, contienes mis crepúsculos, y te quiero en mis noches más tristes, como te quieren los añejos naranjos en las veredas.

Mi canto se llena de perros vagabundos, sórdidas risas de prostíbulos (con crímenes y lágrimas), niños harapientos en las calles, tranvías rechinantes de la infancia, destartalados ómnibus, obreros ebrios en las plazas (buscando amores baratos), amores baratos en las veredas (sonriendo a obreros ebrios), y mi calle cubierta de lapachos en flor. Mi calle honda que hoy me canta en el oído la canción de mi feliz pasado.

Madre de ciudades, vieja capital del mestizaje, de las guerras libertarias de América Latina, con su horror silenciando los balcones. Ciudad olvidada de las Indias, dormitando en el sueño emancipado debajo de las enramadas.
Ven madre, mira cómo tus olvidados muertos llegan por la bahía con sus huesos rotos. Yo los siento con el río Paraguay que me contiene.

Asunción, mi ciudad, donde muero y renazco, donde sucede mi vida de todos los hombres, donde cada día es todos los días, donde en cada hora está presente el nacimiento y la muerte, el casamiento y el divorcio, la felicidad y la gran amargura en la alquimia de la vida.
Una brisa de eternidad te protege como un amante que jura defenderte hasta la muerte.




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