viernes, 18 de septiembre de 2015

Cada vez que vislumbro el cielo de estos días




Cada vez que vislumbro el cielo de estos días,
se recubre de sucias nubes, como un frontón de presidiarios
donde arrojan sus días que les faltan para ser libres,
como si el gris borrase los complejos matices del verano
a causa de que el torpe pintor, arrepentido
y obstinado, reinicia su obra desde lo feo.

Me acomete un empuje de elementos humanos,
como si el día fuese un cuchillo para cortar la lejanía
y ya mis voces no se contuvieran: esputaran verdades infelices,
y viviesen debajo de las risas, de las conversaciones de negocios,
debajo del silencio y debajo de la longevidad de mi madre.

No existe locura en mis reflexiones, ¡y esto es lo malo!
Mientras los mangos maduran y las rosas se marchitan,
mientras los nidos se quedan indefensos en los otoños,
la lucidez inmaculada de mi ruina me engatusa
para trancar el purgatorio
y arrojarme a la diaria furia donde cruje
el maldito monólogo de mi infierno interior.

Los colibríes huyen
de la fascinación de los felinos, y me perturba enormemente
la fuerza de la calma,
de la presencia mía en medio de las horas de la tarde,
siendo que todo el grueso de mi memoria se ha trasladado ya
donde leves antorchas de la noche.

Cada vez que vislumbro el cielo de estos días,
mi propia voz me da la espalda; y a mí, que tanto amo
la lluvia, ya no me surgen las ganas de danzarla.


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