lunes, 28 de septiembre de 2015

Ayer, hoy y mañana




I

Ayer estaba vislumbrando
el escenario del humano suceder,
el gólgota que carga sobre el hombre
—el debatido hombre cósmico—
maderos de dolor y de desánimo.

Mi corazón piadoso y aterido,
sin aves, muchas veces,
para entonar en las mañanas sus latidos,
para escanciar el añejado vino
que un noble camarada depositó en mis manos,
para encender crepúsculos el alma
y cobijar celestes sinrazones:
algarabías que el amor detenta
por las calles de la ciudad dormida,
mientras la dicha de vivir está presente
en cada bocacalle,
en cada agotadora jornada de trabajo,
en cada buenos días y en cada buenas noches,
hasta que el tiempo intruso se ensaña con nosotros,
y nos remite a la figura trágica
de andar desmejorado hasta la muerte,
mi corazón sin fuerzas,
aún procura bombear
su propósito de hombre.

Mi corazón que desde ayer persiste
sangrando en cada aurora de brisas y de pájaros,
porque la urna del destino
que acoge nuestra suerte
sin revelarnos cruces, criptas ni motivos,
siempre intuyó.


II

Hoy, hoy miro de nuevo
el cielo cargado de infinito,
el punto de partida, las faces del propósito
que no exhalan aún, que no desean
echarse en el abismo,
que anhela cortejar las risas de su época,
vivir ensimismado en la pasión del viento,
vencer en la antesala a la rutina,
reinar sobre los medios de sufrir el tiempo,
sobre los mercaderes de la huelga,
sobre la luz de los apáticos,
sobre aquellos que cargan licor en sus mochilas
para aplacar demonios del hastío.

Me estoy restableciendo
de tanta juventud perdida,
y sigo impávido y sin máscaras
transitando y batiendo el tortuoso camino,
para vivir en paz con el misterio,
donde se esconde el para qué he nacido.


III

Mañana, del mañana
no me impacienta comprender ya nada,
ni espiar las golondrinas que pasaron,
ni pensar que en sus noches
podría desnudarse el laberinto,
nuestra larga cadena de sueños iniciados,
nuestro indulgente anhelo
de no morir desesperado
por no querer hacerlo.

Porque mañana, inevitablemente,
como náufragos detestados por el viento,
asidos del recuerdo
de las pocas personas que nos quisieron mucho,
lograremos sobrevivir el tiempo exacto,
sólo el lapso irrevocable del canto
que determina toda partitura,
para luego salir de este coro espectral
y entrar en el compás de silencios y olvidos.



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