lunes, 28 de septiembre de 2015

Abel




En la tierra feliz y exuberante
de frutos y magníficos corderos,
con ahínco ofrendaban al Tronante
Caín y Abel, hermanos, compañeros;
y la divina Sed, amenazante,
sus encargos hacía más severos.
Ellos brindaban todo de sí mismos
ante el temor de verse en los abismos.

Así, mientras la Gracia requería
dobles ofrendas y mayor empeño,
el lazo de la íntima armonía
se suelta, y nace en el fruncido ceño
la disputa que acrece la porfía
y arranca del espíritu el ensueño.
Y la celosa duda los enerva
mientras el Ojo desde el cielo observa.

Inquiere, Abel, de celos abrumado:
“¿qué inmolación la óptima sería?
¡Por nuestro Dios morir martirizado!
Ayúdame Caín a hallar la vía
de los celestes cielos, ultimado.
Acállame en el aura de este día.”
Arrebatado, Abel, sueña y advierte
para su fin la fratricida muerte.

Lucubra, así, su mente enardecida,
con persistente impavidez y tino,
la forma de lograr que el asesino
fuese Caín, la mano enfurecida.
Alimentándose de afán suicida
logra encender la mecha del destino,
y trasponiendo el límite divino
gana el refugio eterno en su caída.
Con tal astucia que a su Dios engaña
ríe en la gloria la ladina hazaña.


No hay comentarios: