martes, 11 de agosto de 2015

Magdalena



Llegaste hasta mi vida, casualmente, con el humo de tu boca,
con una gran sonrisa en tus alas vacías
y muchas ganas de firmar algún pacto secreto.
Sé que arribaste de las calles con ventanas de espesos cortinados,
donde te llovían manzanas del árbol de la vida eterna.
Sé que dejaste en un tendal de anónimos teléfonos tu número,
que hoy insisten en besarte y manosearte.
Sé que eres testigo de delitos inconfesables.

Siempre estuve intranquilo por los perros que te han mordido
y porque nunca quise imaginarte entre gritos ordinarios,
pero no pude tampoco dejar de mirar tus contornos
cuando caminabas a mi lado con tu vasto futuro.
No pude dejar de soñar que cambiarías de vida
cuando te observaba alejarte en tu apretado bluyín.

A pesar de que hoy quisiera verte lejos como a una estrella,
saberte muerta en algún tugurio de drogas,
en mi memoria, a cada tanto, fluye el color blanco intenso
de tu piel enteramente sin ropas, en tu mano un vodka,
en tu emoción toda la historia de las sábanas arrugadas;
y, entonces, a cada tanto,
cuando me encuentro muy solo dentro de mi soledad,
mi único deseo es volver a estar furtivamente contigo.


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