martes, 11 de agosto de 2015

La luna blanca




La luna blanca,
como tus manos en la noche tibia,
lentamente resbala sobre el cielo de mi insomnio.

Yo, pájaro, me quedo contemplando
desde mi rama descubierta,
sobre el silencio del jardín, sobre tus pétalos cerrados,
las luces de la dicha
que van fluyendo frente a mis lejanos ojos.

Cae su cabellera antigua
sobre mi pecho, sus látigos de luz sobre mi piel.

A cada instante se descubre más blanca,
como aquellas tus manos ardientes de deseo
cuando me demoraba entre tus brazos vegetales:
árbol suicida yo, bosque encendido tú.

La luna blanca me recuerda el mundo
cuando abrías la puerta
segundos antes del amanecer,
paisaje de común abismo
donde van a parar praderas y horizontes.

Era, entonces, la muerte, un canto sosegado
sobre la vida perdurable,
sobre tus labios, sobre mi boca hambrienta.

Y eran los tenues rayos de la luna blanca
benévolos puñales de futuro.



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