martes, 11 de junio de 2013

Amiga mía



El diálogo es dilatado como la pupila iluminada del Infante. 
                                                                           (E. R. Aristy)



Amiga mía,
las notas de palomas mensajeras conducen nuestro aire,
y el aire se desmiga en lluvia,
sosegados torrentes para mis oídos.
Por favor, nunca hablemos del invierno,
de aquellos tropezones de los ojos en los pardos colores de la vida,
siempre seamos libres de crepúsculos estériles,
de inabordables sombras vivenciales.
Que la ilusión navegue todavía
como una balsa de ultramar de la rutina, repleta de abalorios
para tus sueños consentidos, por esperar mis noches,
las confesiones de mis noches, mis ambiciosos pensamientos.

A veces me traicionan las palabras, y esa infame simpleza
pretende revelar el vivo sentimiento detrás de tu mesura,
las alas de tu espíritu, los rostros de tu historia,
los latidos sangrantes de tu infinitud.
Entonces me estremezco vergonzoso ante tu voz que no responde,
y busco estar tan solo como el alma del hombre,
con el rumbo perdido de mis tristes palomas,
rota la ruta de nuestros audaces ímpetus.

Cuántas gracias surcaron otras nubes:
chispas, gracejos, ocurrencias, en tiempos de mi inexistencia,
mientras almacenabas los temblores para mi arrebato
de hombre enmascarando su génesis primate.
Qué posible sería la fiesta de la plática contigo
sin los ecos de cláxones de tus lejanas vías,
ahora que no existen cautelas para el miedo
de arrancarnos las infantes palabras.