sábado, 13 de julio de 2013

Que no llegue todavía




Su sombra te acaricia, le niegas tu mirada.
Esta noche, te acecha con hambre de infinito
por tus ensueños malgastados en el mundo,
con el mensaje dulce de su canción perversa.

Tiene los ojos duros y despiertos, y su vagido arrumba
en la inquietud de tus azules mares. Taja tu piel
de par en par a todas tus heridas.

Es una madre sin piedad: —ven, hijo, ya me tienes,
acúnate en mi seno—, con manos de cadenas y su voz
de venenosa mermelada, una madre de risa negra.

En un rincón de tu habitáculo
te revela el crepúsculo del hombre,
la oscuridad que poco a poco se atribuye,
y en su abismo recoge las mágicas enjundias de tus días.
Va llevando los muebles de la casa, el silencio del gato,
y en la contigua habitación oxida los recuerdos.

Extenuado en la noche te somete,
y una niebla inmortal recubre tu silencio,
y quién diría que en tu alma reside ya una noche inmensa,
sin astros y colmada de infinito.


Ay, vida,
tiembla un poco más, muévete, desátame
en la noche doliente, en las rosas del día,
en los pájaros de mi panorama.

No me abandones. Mi alma gime cotidianeidad,
mi sangre grita por regarte,
por el verde de las futuras primaveras,
mi sangre grita como un río,
mi sangre curso
que anhela recorrer tus prados todavía.

Soledad, Noche, Hastío: deténganla hasta el alba,

no me derrote todavía, que irrumpa por mi sangre,
que penetre mi angustia, pero haced que aguarde un poco más
en mis ojos cerrados intensamente abiertos.

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