jueves, 24 de diciembre de 2009

Sonata para mi padre ausente



En la siesta cogí tu bicicleta
para ser como tú, para sentir el vértigo
—al igual que tú todas las mañanas—
en las calles escarpadas de la ciudad.

Enclaustrado en el duro abismo
de la memoria, en el reposo interminable,
sigues pintando canas en la barba crecida,
negándome tus voces indelebles.

Hace una sequía de siglos que no moja
el agua de tus verdes ojos;
y el silencio fatal, el aura de tu risa,
se convierte en lacerantes chillidos de pájaros,
en quejumbroso eco de canciones últimas.

En mi memoria, en las noches de invierno,
tu cotidianeidad exhuma antimateria.
La vida sin ti se parece
a un vetusto tractor abandonado de aquel aserradero.

El árbol que talabas (cuando los bosques no lloraban
aún el exterminio, y eran derroche de los siglos)
está aquí, hecho leñas de la eternidad,
murmullos en el bosque de las nubes infinitas.
Su raíz sigue creciendo aferrada a las baldosas,
haciéndose kilómetros detrás de mi añoranza,
creciendo como el lapso de tu ausencia.

Retorna en esta noche y siéntate a jugar
conmigo a la baraja, quiero oír tus anécdotas de joven,
cuando aprendías a besar los senos de las vírgenes,
cuando la vida no te dio
aún tu merecido.

Estoy aquí resucitándote,
y tú no reconoces el milagro,
sólo quieres tu fría eternidad,
sólo quieres al huérfano con sus palabras tristes,
sólo quieres 
olvidarme.