jueves, 17 de julio de 2008

Noche callada



La confundida oscuridad se orienta
con lúcida mirada en el abismo,
y descubre el absurdo parpadeo:
el abrir y cerrar los ojos fríos.

Doble sombra —en la noche y en el alma—,
y sólo el tiempo insiste en ser el mismo:
déspota en sus anchuras de impiedad,
dimanando poderes infinitos.

Los pétalos sangrantes de las rosas,
en el mustio vergel oscurecido,
perduran en sus débiles fragancias
como fluyendo de cansados siglos.

La confundida negritud se inquieta
en el aire que absorbe el mudo grito,
mientras retumba en el rincón del patio
la melodía átona de un grillo.