miércoles, 25 de junio de 2008

El hereje

Condenado al suplicio de la hoguera, todo está dispuesto en la vieja plaza para que ejecuten la voluntad de sus impasibles jueces.
Una morbosa muchedumbre exaltada lo asedia. Los balcones se ven abigarrados. Divisa mozalbetes riendo en los tejados.
Se siente horrorizado: empapado en sudor a causa del tremendo miedo.
Hábilmente amarrado, y ante la irrevocable decisión, debe aceptar que ya no existe, humanamente, salvación posible.
Sin embargo, aunque ansíe, le es imposible resignar el don maravilloso de la vida. Los recuerdos emergen a tropeles de su fértil memoria.
Dos verdugos ascienden al cadalso y encienden con habilidad la hoguera. Con sus desorbitados ojos ve cómo los leños empiezan a arder bajo sus pies. Sus pensamientos enloquecen. Crepita el fuego y siente quemarse sus andrajos. Despide los primeros alaridos de auténtico dolor.
Empiezan a quemarse ambas extremidades. Siente el horrible olor de carne chamuscada. Sus gritos se vuelven desgarradores, mientras oye el murmullo ávido y feroz de la extasiada multitud.
Busca a Dios en las alturas con su visión casi ciega. “Tal vez, existe”, dice, en tanto reza una oración
con fervor recobrada.
En ese instante se encapota el cielo y una súbita tempestad se abate sobre el circo. Lentamente, y en medio de terribles dolores, el recio vendaval va extinguiendo la pira. Empapado de huesos, blasfema ante la interrupción de su cruel agonía. Su anhelo es morir, adentrarse en la calma de la oscuridad eterna. Sin embargo, ¡pobre de él!, sus piadosos jueces traducen el azar como una manifestación divina; y orando y persignándose, le perdonan la vida.

El nuevo camino

Se construyó un camino asfaltado que cortaba un tupido bosque; y, como consecuencia de ello, nació una casta de barrenderos.

La promesa del jefe

El dueño de la empresa en la cual trabajo es un explotador. Con la máscara de la amistad nos exprime. Promete el oro del futuro para insuflarnos entusiasmo, en un juego que puede durar años.
Hace un tiempo, durante una conversación que sostuvimos sobre esta esperanza, él pareció divertirse tomándome del pelo: me trató como a un niño a quien se le pospone con argumentos vagos la compra del helado prometido; y en un descuido, cuando creyó que nadie le observaba, medio volteando el rostro, lo vi sonreír con cínica conciencia de su mentira.
Desde esa vez le perdí la confianza.
Supe que jamás cumpliría su promesa y que no le importaba que yo lo supiese.