sábado, 21 de junio de 2008

Cromagnón



Como tú,
Incansable explorador,
como tú,
seré rostro oscurecido,
hojarasca de los tiempos.


Amante tosco, velludo,
victorioso bípedo,
perviviendo tras los códices
con tus cuencas abismales
en tumbas arqueológicas,
solo y mudo.

Prisionero en la memoria
del río de Heráclito,
vertiendo sin nombre perpetua agonía,
como tú, oh, ancestro,
como tú.

Canturreo en las mañanas invernales
con mis manos enguantadas
mientras aspiro el vetusto aroma del ciprés,
como tú, oh, ancestro,
como tú, con mi canción
levemente trasmutada.

Tu distante universo



¿Qué sol te irradia
y armoniza tus sueños orbitales?

¿Qué rayo aviva
la gravidez corpórea, la intangible belleza
de tu cíclica faz, cautivando los lentes astronómicos?

Te miro en las auroras, distante en tu galaxia
—floresta cósmica con pájaros—, de dríade vestida,
aromando las calles de tu reino,
sobre alcobas desnudas
donde el poema nace de la piel amanecida.

En cien constelaciones de verbos y adjetivos,
y a mil planetas adherida,
eres tú —y no ese sol— el foco y médula
de tanta majestad y onírico universo.

Confuso entre sextantes,
te observo con monóculo primario,
perdido en tus ajenas sombras.

En el laberinto

Doloroso de ti,
doblado estoy sobre tu rostro sepia,
repetido en tus ojos
de los días sin verte.

Y este tiempo que abate
como fiera incansable en su arrebato,
con su garra filosa
me clava soledad en la garganta,
y sangro en agonía
en el páramo triste de tus besos.

Desde el mantel bordado de la noche
la luna alarga su irradiado brazo
hasta mi rostro en sombra
y lo inunda de plata en el espejo.

Las estrellas titilan
en la gula lejana de sus brillos
apáticas a mi futilidad.

Y ahí, en la oscuridad de mis ojos cerrados,
te descubro en la risa,
escondida en el juego del desnudo
en la noche que el alba despedía
con mis ojeras nunca cansadas de mirarte.

Ahí, en el laberinto del descuido.

Valoración del tiempo


El tiempo —ese discurrir
impasible hacia otras vidas—
ya no es el de antes:
depura en el alma las aguas de su río.

Los mejores recuerdos se disgregan
en su apático transitar:
horas despreocupadas,
denso caudal que baja día a día
llevando las arenas del presente.

En el fluir constante,
los colores del día, con sus rayos intensos,
en su espejo refleja en llamaradas
nuestros tristes tesoros despojados.

Y en las penosas márgenes del río,
no puedo inadvertir
cuántas vivencias contenidas
espera el mar del nunca más.

Sueño circular



Soy el que sigue y caerá vencido
en el bosque fatal del desenlace,
en último desguace,
ausente copa y hojarasca, humus del olvido.


Aunque vislumbre el canto evanescente
y aspire débiles efluvios de la gloria,
la calma migratoria
gravitará en el perdurable adiós mi ser ausente.

Otro utópico, posta en la carrera,
acometiendo el vano,
desandará la análoga aventura.

Ante su odre vida de febril quimera,
entonará, prolijamente, el cíclico y humano
concierto con ajada partitura.