jueves, 19 de junio de 2008

Los rayos del ayer


La vida nos consume en bufa broma
—humor inaceptable—, gracia incierta;
de par en par nos abre su compuerta
al inerte jardín de muerto aroma.

En la babel sin límite, el idioma
de pájaros azules, en una abierta
explosión de sus trinos, bien despierta
tiene al alma en su límpida redoma.

Las flores consteladas, las ausentes
experiencias, reviven alegrías
en los colgajos de los hondos días,

y alumbran con sus lámparas candentes,
y queman con sus rayos inclementes
estas horas de grises y apatías.

La ruptura


Denegado el pedido de ordalía,
degustaba el café su boca ausente;
y cuando dijo adiós, indiferente,
en ese bar perdí mi poesía.

Herido por la atmósfera baldía
del asiento sin ella y la inclemente
ola de desazón, un impotente
abandono retuvo mi agonía.

Recuerdo que observé con amargura,
hastiado de mi albur, tras los cristales
fundirse en el gentío su figura;

y, con ella, perderse los momentos
de mi vida, felices y esenciales,
el amor, a pesar de sus tormentos.

La agonía de los árboles



Del paisaje ruinoso en la apatía,
sin remedio sus hojas, sentenciadas
sus voces en angustias extraviadas,
yerma mudez y triste labrantía;


en pugna desigual y sin aliento
ante el soplo inclemente del destino,
en el ángelus gris, sobre el camino,
gimen los árboles su adiós al viento.

La augusta majestad de sus pasados

sostenida por troncos extenuados,
se resiste a las fauces de la tierra.

Análoga derrota, consecuente

ante la eternidad omnipotente,
ansío yo para mi humana guerra.