viernes, 1 de septiembre de 2017

No más cumpleaños


En la adolescencia querías ser poeta,
pero tu pelo enmarañado no caía sobre tus ojos,
te era improbable poseer el bastón y la pipa del dandi,
y la milanesa de lomo de buey con ensalada rusa
era insustituible y aumentaba siempre tu hambre.
Masticabas con soberbia de tigre en la sabana.
Te adentrabas en la sangre como un tiburón ciego
que vence todos los arpones del mundo.

Hoy tu viuda madre lleva ya ochenta y coma de años,

y luce espléndida aunque ella sostiene lo contrario:
sólo quiere hablar de achaques, de huesos doloridos,
de los árboles que siguen charlando en el patio,
de tu indiferencia a las amenazas bíblicas,
de la divinidad que le acogerá in límine.
Y recupera a su padre (tu abuelo asesinado) en un tango
donde el bandoneón destroza una copa de vino.

Eres ahora el dueño de la mansión que va perdiendo
su glamour, su fascinación de élite,
y provoca fugarse a pie a las bellas maniquíes,
a las frías cucarachas que huyen de la adversidad,
de las risas fingidoras en los cumpleaños sin whisky.
Holgar es un trabajo, una tarea heroica, un canto de rana
en la laguna que va secándose sin piedad, «oh, socorro:
no dejemos que su ruina se convierta en agonía,
respetemos su música donde va nota tras nota
luchando sobre las cuerdas de su pobre guitarra».

Tus padres soñaban que serías alguien en la vida:
un sorprendente campeón surgido de la modesta casita;
pero tenían las manos blandas, el ritmo blando
que te llevó a la pena de dudar de tus sandalias.
Tus ambiciones hoy se toman su santo día libre
y recogen las aguas que llegan de la negra suerte,
del gen que te exige emular la memoria de tu padre,
mientras comprendes cómo en su redimida vejez
le gustaban más y más las púberes muchachas;
y cómo, tibias todavía por la edad, con leve olor
a lavanda, ellas siguen mostrando en los cumpleaños
sus gracias y sus muslos blancos.